sábado, 15 de octubre de 2016

Conmoción

Primero lo leí en la portada de Infobae. Sólo el título, y lo dejé pasar. No estaba concentrada, no tenía tiempo de profundizar. Todavía la noticia estaba muy fresca. No se conocían los detalles escabrosos. O tal vez simplemente no aparecían en ese titular. Todavía. 
No lo ignoré, lo guardé en un compartimento del cerebro, lo estacioné bajo un árbol frondoso, lo dejé a mano para ir a buscarlo después.
Después vino el televisor. Sus imágenes no me impactaron tanto como el videograph. La palabra clave -la que después se replicó en todos los otros medios de comunicación con terrible soltura, con espantosa recurrencia- me saltó a la vista en seguida. Creo que abrí mucho los ojos, o tal vez fruncí el ceño. No me acuerdo cuál fue el orden exacto de las emociones, pero sé que reaccioné con sorpresa, con indignación, con espanto, con tristeza.... Y un profundo dolor que se instaló entre pecho y espalda y todavía no se quiso ir. Las imágenes en pantalla dejaron de tener sentido, y al mismo tiempo, se me grabaron en la retina. Empecé a confundir las cosas. En su sonrisa torcida veía el mismo candor de mi mejor amiga. En sus ojos entrecerrados el brillo de las pupilas de mi hermana. En sus mejillas arreboladas vi el pudor de mi sobrina. Y entonces vi rojo, vi negro, y ya no vi nada más. 
Esa noche las lágrimas empaparon mi almohada. Mis lágrimas eran un reflejo de la injusticia, de todas las injusticias; un duelo por Lucía y por todas las que no sé y por las que no me acuerdo, un descargo interminable, un grito ahogado en mi propio cuerpo. 
Desde hace días que no dejo de pensar en esto: Lucía se murió de dolor. No en un sentido metafórico o con intenciones literarias, la frase es exacta en el más preciso de los sentidos: fue torturada hasta la muerte, la peor pesadilla jamás imaginada la mató. Y en un sentido no tan literal te aseguro que yo también siento que me muero por dentro. Muero cuando veo sus fotos, cuando imagino sus gestos, cuando comprendo que es una más en una larga lista, pero no es sólo una más, aunque sea también una menos. ¿Tiene sentido lo que digo? No la vamos a olvidar fácilmente. No, por el contrario, la muerte de Lucía nos lleva a desenterrar a todas las demás. Y ocuparemos las calles si es necesario, y alzaremos pancartas, pintaremos paredes, gritaremos todas juntas y al unísono que vivas nos queremos. Hasta desgastarnos la voz. Por todas ellas, por nosotras y para las que vendrán. 
Me niego a permitir que nadie se atreva a olvidar: vivas nos queremos.
Vivas. Sonrientes, de ojos entrecerrados y mejillas arreboladas. Vivas como Lucía, que aunque esté muerta, en mi recuerdo no se muere nunca más. 

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